11 de junio de 2009

Creo de Creer, poema V

Y entonces,
sentiste danzar mi cuerpo sobre el tuyo;
surgiste de mis más íntimos himnos, has sido amiga
de mis líquidos y olores.
Fuiste dueña por un siglo de la aspereza de mi cuello
(fuiste cómplice del grito).
Saliste a caminar
por los ocultos algodones de tu sangre,
bebiste de mi sangre, y allá lejos,
tan cerca de los bordes de mi piel,
tan al fondo de tu caja de Pandora,
me regalaste un surco.
El mundo fue tan inmensamente diminuto
que apenas
si cabían nuestros brazos oprimiendo las espaldas.
Dónde estabas, mujer, dónde estaba tu pasado,
dónde guardaste tu miedo,
en qué valijas de la mente escondiste
tus desprecios,
en qué minuto de tu pecho se durmieron
los profetas del engaño.
Dónde estábamos entonces,
cuando aquel latido vio tañer
torpemente mis campanas,
en qué andén de tus piernas se ocultaron
tus silencios.
Dónde estaba el hombre que se escapó
de mis codos
para girar en espiral sobre tus grietas.
Dónde,
dónde estábamos entonces,
dónde estabas entonces, mujer,
cuando estabas conmigo.

28 de mayo de 2009

Creo de Crear, fragmento II

Hay hielo entre mis páginas porque soy discípulo de junio, mes de escarcha y noches gigantescas. Junio me hiere la palabra con cristales de la nieve de su boina. Circulo por sus vías como un empleado jerárquico. Destaco de junio las voces que huelen a manzana, las galerías inciertas, los cuerpos de amor, y los puños de desprecio que abren sus bocas de peces para asilarme y responder a mi plegaria, plegarse a mi camisa o incorporarme en su ciclo. Hay gotas de junio en mi vaso de agua, hay gotas de mí en las nubes de junio, y habrá campanas del infierno en las puertas del invierno cuando llegue sediento y despojado a mendigarle mi porción de pan caliente.


Y corrijo:
No es un caleidoscopio. Es un pájaro herido que se disuelve en la arena y seduce a los gatos de la playa. Su pico, sus plumas, sus alas, modelan los espacios y se vuelven cemento, metal, humo, ciudad, cárcel, basura, traición y desconsuelo. Allí los gatos descubren que el paisaje que esperaban devorar se ha convertido en un volcán que los está tragando, a medida que se alimenta de los jugos de sus propias vísceras. No los está tragando (corrijo), sólo les arranca la fe.

22 de mayo de 2009

Tiranía del desborde XX

Solamente una lágrima.
Nada más que un segundo de impotencia
frente al hermano mayor
que ha nacido perfecto.

9 de mayo de 2009

Desespejos

miro
veo que me mira
cuando me mira se mira y sólo se ve a sí
así
se mira si me mira
nada de mí para él
sólo gestos
vacíos malolientes
vacían malhuelen
cuando me mira
que es cuando se mira
pero sólo se ve a él
a él mismo
a sí mismo
a mismo
a él sí
a él sí que se mira
que se saluda
que se sonríe
sólo piensa en sus miradas
y mientras yo lo veo
nada de él para mí
sólo su sí
su él
su mismo
su patrimonio
su patrimonio de mí
nada de mí en su patrimonio
su patrimonio me usa
pero no me ve
y yo miro
para ver que no me ve
domino los trazos
domino los colores
me asumo
me gano
me soberbio
me endioso
agotado y maloliente
malhuelo y agoto
a sí
así

27 de abril de 2009

Tiranía del desborde LI

Burlémonos del mar obsecuente que se arrastra y se brinda sin reclamar un beso. Riámonos del inconsciente del mar, ese ente que inconsciente se asusta de sus propios fantasmas enterrados bajo mil paladas de agua. Escribamos fábulas acerca de un personaje sombrío que sólo mira hacia afuera, que intenta escaparse de su fuente. Postulemos que el hombre que no se quiere, no quiere. Peguemos carteles en todas las esquinas, que todos sepan que hay alguien, quizás una mujer, que olvida la arrogancia de lo inmenso. Hagamos una, dos, cien caricaturas del nuestro mastodonte que se agita para ver si es cierto que está vivo, que va y viene como quien mendiga un abrazo, que no se planta en su lugar, que no reclama su poder, esa marioneta impresentable que cada vez tiene más sed de una caricia maternal, y gritemos qué inocente que es el mar que confía en nuestra máscara, qué mal que baila, qué asimétrico, qué rústico, qué inseguro que es el mar. Y alejémonos con ironías bien pulidas. Y cuando no pueda oírnos, digamos orgullosos que si nosotros fuéramos el mar, pobre la arena, pobre la tierra, pobre el aire, que si nosotros fuéramos ya no el mar sino una ola del mar, pobre el pescador, que se cuiden los botes y las islas, que si fuéramos ya no una ola del mar, que si apenas fuéramos la espuma de una ola, ahí sí que seríamos temibles, que con sólo blandir una burbuja todas las rodillas clamarían piedad y todas las alas se batirían en fuga. Y volvamos a la orilla, amenacemos al mar con fina inteligencia, mintamos, traicionemos, humillemos al mar, robemos los tesoros, vaciemos los músculos del mar, quitémosle todo. Hagamos una hoguera con la historia del mar. Y echémosle la culpa.

13 de abril de 2009

Tiranía del desborde LIII

Cuerdas que sostienen el cielo para que nadie baje del cielo. Cuerdas de los vientos que alguna vez señalaron el rumbo hacia adentro. Cuerdas que se ensanchan con cada golpe de error. Material de cárceles. Material de sueños desprolijos. Material de mañanas que no huelen a futuro. Membranas que rompen el agua. Membranas aturdidas. Membranas. El primer final. Diapasones escapados del reloj. Saliva escondida en el reloj. Distancia sacudida en los relojes. Alturas. Vértigo de alturas. Asco de alturas indecisas. La piel. La cicatriz. El último inicio. Los límites perdidos. Un lugar para el después.

6 de diciembre de 2008

Tiranía del desborde XXXVII

Si yo conociera los nombres de los huesos, si alguien se hubiese ensañado en enseñarme un poco acerca del sabor de las texturas, si me hubiesen mostrado la diferencia entre una carcajada contenida y un sollozo que se escapa de su arcón, entonces yo sabría definir esta sangre que se amotina en mi entrepierna y puja por mojarte, me atrevería a nombrar mi segunda lengua refugiada en tu boca escondida, a nombrar los tendones que juegan a un desembarco sin nave, hablaría de mis células prófugas, de lo que quiero decir cuando el aliento sólo alcanza para sostener este rito con aroma a despedida que barniza cada encuentro, hablaría de las sombras que tu pulso enciende entre mis cuerdas, de tus caderas magnéticas que dibujan un latido, de estas esquirlas de mí que se dispersan como abejas, como polen, como gases sin anclaje, describiría ese momento en que lo poco que queda de mi cuerpo reclama soledad, y hablaría para decirte que cuando los músculos se rearman y se anudan a sus cabos y a sus olas, soy otro habitante. Soy este océano de líquidos emocionales. Este rehén de la disputa entre el deseo y las palabras.

19 de noviembre de 2008

Tiranía del desborde IX

El cuerpo se arrepiente. Se estaciona. Es el rincón más alejado del placer. Toda la energía trabaja sin errores para madurar el dolor. Madurarlo para hundirlo. Para hacerlo carne. Encarnarlo para no vivir ya otro minuto, para evitar la próxima lágrima. Son poderosas las heridas que convocan más heridas. Terminar con el dolor revolcándose en hogueras. Basta ya de comodines y amuletos: estas trampas son cultivos de tristeza. Adentrarnos en la nada para que los azotes de la nada si no nos calman, al menos, al menos qué.

9 de noviembre de 2008

Tiranía del desborde VII

Me callo cuando la palabra es lo único. La palabra es la moneda que sobrevive al vacío. Golpea con los huesos, en los huesos se corrige, entre los huesos se modela la moneda y su eco de huecos es la imagen del terror. Yo gritaría la palabra para decir que la palabra no es el hueso, no es el hueco, no es el eco. Y ya no sé si en el silencio hay fortuna, si en el grito hay fortuna. Si hay fortuna.

15 de agosto de 2008

Tiranía del desborde XV

Entre el pan tostado de los lunes y colchón oscuro de los sábados hay acordes que ya no dejan eco. Estos violines, estas guitarras, estos bajos rabiosos que muerden lo que no saben tragar, arrastran el pasado como diablos inocentes, y desempolvan el pasado, y lo pintan, lo enjabonan, lo refriegan y lo enjuagan. Restauran y reinstauran el pasado, y hasta parece que el pasado fuera lo más noble. Nunca se apolilla, nunca se pudre, nunca se agrieta, nunca se duerme. Y entonces, el pasado sin ruedas me ocupa toda la vida. Naceré hoy, hoy espero, hoy me han traicionado, hoy se mueren todos mis muertos, hoy me salpicó la euforia de esa mujer que hoy me deseaba, que hoy me había amado, que hoy me habrá abandonado con puñales y sin besos. Y hoy también me despierto con dientes de leche, hoy me ha acunado mi madre, hoy cumpliré ocho, cumplí quince, cumplo veintinueve años. Hoy escribo mi primer poema. Hoy leí todos los libros, hoy voy a pasear por todas mis ciudades, hoy me escondo entre las sábanas para no llorar. Y sin embargo lloro. Porque el pasado con amarras me ocupa toda la vida. Me trae los panes tostados de un lunes, el colchón oscuro de todos los sábados. Y es claro que hoy no fue sábado y que el colchón no se va a marchitar. Y que ella tampoco se ha marchado, y es claro que tampoco tengo euforia porque ella, ella no tiene paz. Porque ella me despierta y me despierta y me despierta para decirme que no está, que no estará, que quién sabe si alguna vez estuvo cuando estaba. La fórmula que absuelve, la fábrica, la física, la fonética que absuelve. Cómo entraré ahora en el ahora. Cómo saldré del pasado, si sólo tengo ahora para más y más y más pasados. Y más pasado sobre menos ahoras. Cómo oleré estos panes, como ilumino este colchón. Cómo dancé. Cómo romperé los mapas que me imponen los relojes maltratados. Sí, cómo. Cómo me ensordezco del eco primitivo, cómo encuentro el cómo para estrenar otros vientos, si es que se puede, y para hacer vibrar otras cuerdas que desaten los nudos de mis tangos. Y si es que se puede, también, sobre todo y más que nada, cómo el cómo de perdonarle el olvido. De perdonarme este perdón. De olvidar que soy su olvido. De extirpar la unción extrema.

21 de mayo de 2008

La tijera (fragmento)

Desde esta perspectiva, colocado en cuatro patas sobre el piso para rescatar los zapatos que están debajo de la cama y con la cara apretada sobre el colchón, lo único que él puede ver de ella es un pie y medio asomando entre las sábanas. El pie que ve incompleto (él tiene que pensarlo un poco) es el izquierdo. Una banda de tela rosada se engancha en el tercer dedo, se cuente desde donde se cuente, y baja en diagonal hacia el talón. Lo primero que se pregunta, cuando se congela en la contemplación, es si a los dedos de los pies se les puede dar los mismos nombres que a los dedos de la mano. En ese caso, ella tiene cubiertos el anular y el meñique. Pero hay algo más que le ocupa el interés, y es esa quietud perturbadora, esa blancura artificial con dejos de amarillo en las plantas. Le cuesta reconocerla. ¿Y si fuera otra mujer la que está ahí? La sensación, en contraste con la imagen, es vertiginosa. Se imagina que todo lo que hay sobre la cama son esos pies. Que no hay nada entre las sábanas. Que ella no está allí. Ella se evaporó. O se escondió. O la robaron, o la trozaron. Lo seducen estas posibilidades. Todas. Se imagina que todo ha sucedido a la vez. En algún momento de la noche apareció un individuo. Se paró al lado de ella y, en absoluto silencio, comenzó a trozarla. Una parte de ella se escapó, también en silencio. ¿Cómo es posible que ella no haya hecho ni un solo ruido ? No. Entonces, no. Ese individuo hizo algo para que él no pudiera oír. Cloroformo. Tapones para los oídos. Mazazo en la nuca. El mazazo en la nuca queda descartado por razones obvias. Y cloroformo también, porque él estaría mareado ahora, o sentiría algún tipo de olor químico en la piel. Por las dudas, debería llevarse las manos a la nariz y olisquear con atención. A veces le cuesta resignarse a que las cosas emocionantes sólo sucedan en su cabeza. Pero tiene que completar el cuadro: El individuo (él no sabe muy bien cómo llamarlo sin hacer juicios éticos), que es un cobarde, primero se escondió abajo de la cama y después se fue corriendo. Por la ventana, llevándose otro poco de lo que quedaba de ella. Y el resto, salvo este pie y medio, ardió por combustión espontánea.
Sea como sea, todo parece indicar que esos pies están muertos. Que ella está muerta. ¿Habrá que hacer algo para comprobarlo? ¿Tiene que tocarla para ver si está fría? Mientras piensa en todo esto, ya olvidado del apuro y de los zapatos que estaba buscando, él siente un levísimo mareo. Un mareo agradable. Había sido cloroformo, nomás. Separa la cabeza del colchón. La hebilla del cinturón, que él todavía no se ha ajustado, pendula debajo de su cadera y hace un tintineo solitario. Tin. Nada más que tin. Baja la cabeza. La corbata también pendula. Dos líneas paralelas, el cinturón y la corbata, cortan los ángulos rectos que sus piernas y una de las patas de la cama le ponen en el centro de la visión. Distraído con un cálculo de grados de inclinación que es incapaz de resolver, vuelve a su mente la imagen de ella, la mujer de su vida, que parece fragmentada a apenas algunos centímetros de él. Pero esta vez no la mira. No sabe por qué, pero siente que es mejor dejarse llevar por las sensaciones. Un vuelo. Eso mismo. Un paracaidista que se disputa entre el goce y el horror, que sabe que baja pero siente que sube, que se le suben las nubes, que el paisaje sube para tragárselo, que el paraíso lo necesita entre sus lagos. El mareo se acentúa un poco. Cree que va a vomitar. ¿En qué ha estado pensando? Todo este panorama, ahora se da cuenta, lo ha excitado. La clave se la dio el tin del cinturón. El primer mareo ha sido una erección, denunciada por el cinturón. Ahora sabe, también, que la erección no ha desaparecido. Y hay algo húmedo allá abajo. ¿Eyaculó? Tiene que hacer malabarismos para sacar una mano del suelo, bajar el cierre del pantalón, pasar un dedo por debajo del calzoncillo y tocarse. Líquido de excitación, pero no eyaculación. Alguien le dijo, alguna vez, que eso se llama esmegma. ¿Quién habrá sido? Cualquiera. Cualquiera menos su papá. Se pone de pie entre tropiezos. Ni su mamá. Se precipita hacia el baño. ¿Su hermano? Comienza a vomitar. La corbata, que ha caído en el inodoro como una plomada de albañil, se está ensuciando. Él no se detiene a lamentarlo; siente que la excitación crece a medida que vomita. Escatológico. Es un cerdo escatológico.
– ¿Estás bien, amor?
Ella acaba de despertarse. La voz se oye todavía teñida por el sueño.
– Sí, no te preocupes.
Se incorpora, se mira en el espejo. Tiene los ojos brillosos, algunas lágrimas se resisten a caer. La frente sudorosa, la corbata con manchas y la cara desencajada, ardiente, lo asustan y lo excitan un poco más.
– ¿Seguro que estás bien?
Se lava la cara. El agua helada le produce un nuevo mareo.
– Seguro, sí, ya voy.
Ella sigue más dormida que despierta. Para él es mejor así, porque puede detenerse a pensar, a reorganizarse, a bloquear lo que siente. ¿A bloquear lo que siente? No hay nada que bloquear. Esto no pasó.
Un poco más tranquilo, con el semblante ya casi normalizado, se dice que no ha sucedido nada irreparable. Después de todo, cualquier hombre puede excitarse con los pies de una mujer. Y si a esto le agrega que esa mujer es la suya, no hay motivo de preocupación. Él tiene que hacerle una aclaración a su conciencia : Cuando dice que esta mujer es suya, no está refiriéndose a ella como una posesión.
Respira hondo, se sonríe frente al espejo y se siente relajado. Casi feliz. Tan feliz y relajado, que ya no quedan rastros ni de la erección ni de las imágenes sucias que lo habían alienado. Ahora se siente normal otra vez. Todo fue un susto. No hay que ser tan estricto, no hay que moralizar todo el tiempo. Se saca la corbata. La tira en el cesto de la ropa sucia. Se moja la cara otra vez, ahora para afeitarse. ¿Por qué no se afeitó antes? ¿Es que no puede vivir sin la corbata como una soga al cuello?
Entonces aparece una palabra. Esa palabra. Él tarda unos segundos en darse cuenta de que viene de su interior. Juraría que la ha oído. La voz, serena y casi maternal, comprensiva y complaciente es, sin duda, masculina. Masculina y maternal. Fetichista, repite esa voz, con una dicción intachable, y él ya no puede sonreír frente al espejo.
Cre.
Esta voz, ¿es la de ella?
– ¿Qué decís, Natalia?
Él agita la espuma para afeitarse y rocía un poco sobre la palma de la mano.
Cre.
La voz de dormida, la pronunciación dificultosa. La ce separada de la ere. ¿Una ese al final? ¿Dijo cre o cres? Las piezas se le acomodan: ella se dio cuenta de todo. No se perdió ni un detalle y, como todavía está dormida, no puede hablar con nitidez. Las palabras se le cortan. Le está diciendo que es un cretino. Fetichista, cretino. Dos voces que lo juzgan por un segundo de arrebato.
– ¡Cre!
Y fetichista otra vez. Ninguno de los dos se calla. Los dos avanzan en el ataque. Él se esparce la espuma por la cara y no contesta. No puede contestar. La mano le recorre la cara como una caricia. Una caricia llena de espuma. Qué placer. En medio de toda esta insensatez, al menos tiene una mano que se complace en acariciarlo. La propia. Se le corta la respiración. Pajero.
–¿Me oís, Eugenio?
La voz de ella ya suena sólida. Se ha despertado. Se ha despertado completamente. El adverbio vale ; sí, señor: el estado de entresueño es algo que existe. El despertar a medias: ella acaba de demostrar que él no está exagerando, ni mintiendo, ni tratando de convencer a nadie de algo que no es.
– Eugenio, ¿estás ahí?
– Sí, gorda, me estoy afeitando.
– Te preguntaba qué hora es.
Mentira. Ella no le había preguntado nada. Desde que se despertó (mejor dicho, desde que empezó a despertarse), no ha hecho más que acusarlo de perverso. ¿De perverso? Sí, ahora se acuerda bien, ella le decía que él era un cretino.
– ¿Te pasa algo, Eugenio?
– No. No me pasa nada.
Lo dijo con voz firme, como corresponde, para no dejar lugar a dudas, para evitar cualquier intento de ofensa de su parte.
– ¿Estás enojado?
Él no contesta. Jamás se le contesta a una mujer intuitiva. Sigue afeitándose despacio, porque con estos temblores corre el riesgo de hacerse un tajo. Ella aparece en el baño. Lo abraza por detrás y le da un beso en el cuello.
– ¿Qué tiene mi gusanito? –dice ella con ternura. Él siente un choque eléctrico. Entonces está todo bien. Ella no se dio cuenta de nada. Todo ha sido idea suya–. ¿Te preparo un cafecito?
– Dale.
Él la mira. Ella se va por el pasillo. Tiene el camisón torcido. Un hombro al aire, el pelo revuelto, los talones pisando la parte de atrás de las chinelas. Los talones. Le sorprende que ahora esos talones no lo perturben. Es más : ya ni siquiera está temblando. Sin embargo, sigue afeitándose despacio. Él no es un fetichista. Qué alivio. Es un hombre normal; con mayúsculas, como debe ser. Él no se anda excitando con imágenes perversas. Él es un macho latino, sin retorcimientos y sin necesidad de accesorios inmundos. Eso mismo. Lo que le pasó, en ese momento, fue que estaba en mala posición. Tenía la cabeza muy abajo, la sangre no le circulaba bien. Seguro que las rodillas le cortaron el flujo sanguíneo. Los pies se le estaban durmiendo pero, como no lo había captado de modo consciente, algo le hizo un clic interior cuando vio los de ella. Claro que sí.
Termina de enjuagarse la cara. Se está pasando la toalla por detrás de las orejas, muy cerca de donde ella acaba de besarlo. Pero entonces, ¿qué es lo que lo excitó? Todo el planteo anterior, si bien es lógico, no lo convence. Él bien podría haberse detenido en la imagen los pies, y todo eso, pero ¿excitarse ante la idea de que ella estaba muerta? ¿No fue acaso eso lo que lo había erotizado? ¿Eso significa que él es un? Adelante. Hay que llamar a las cosas por su nombre, nos guste o no nos guste. Un necrófilo. Qué asco.

23 de abril de 2008

Tiranía del desborde LVII

Ahora que también mi voz se ha vuelto inconsistente, que mis manos están virando a sepia y a vapor, ahora que las sílabas caen, se quiebran y se matan, que la lluvia viviente no salpica, que los huesos se muestran a través de la carne, y también ahora que todos los gestos se enclavaron en la envidia, en la sorna, en los pozos ciegos y sordos de la música sin cuerdas, ahora que camino de espaldas, de rodillas, de noche, de nieve, de desnudez, de podredumbre y dogmatismo, ahora que duermo de prestado, que respiro de prestado, que miento de prestado, ahora que parezco inmortal porque todos los minutos se me escurren sin pasar por la balanza, que el tiempo no pesa y no deja su huella en el barro inmundo de la ruta, del túnel, de la pista, del campo estéril, el barro del círculo de los cultivos, de la guarida rota, ahora que se han roto lo preciso y lo precioso, que se ha quedado la puerta sin bisagras, el cerebro sin ecuador, el orgullo sin sellos, el pétalo sin flores, las flores sin abeja, la abeja sin panal, el panal sin reina, sin zánganos, sin ocio, sin medida, la medida sin reglas, sin excepciones, sin brillo, el brillo sin espejo, el espejo sin espacio, el espacio sin ruedas, las ruedas sin motor, y ahora que los motores pierden fuego, arena y armonía, que la palabra agoniza con un trazo indescifrable, que la metáfora misma es un campo de batalla sin escudos ni trincheras, ahora entonces grito mi saludo inconsistente, digo adiós al hambre de los perros, adiós a la justicia, a su lazarillo y su linterna, a su luz en braille, a sus yemas gastadas, digo adiós a los que piden la uva que me sobra, a las evas soñadoras que me ofrecen su serpiente y su manzana, adiós a los adanes que escupen la nuez, a los oremos, a los venga a nosotros, a los amenes, digo adiós a los descartes y a los borges, adiós a los crueles ideales, a los ideales magníficos y nobles, digo adiós a todo adiós, al estrépito de todo adiós, a sus alaridos, a su premura, a sus tropiezos, adiós, sí, salgan en orden, desalojen la sala, desalójense, exíliense, llámense a silencio, que aquí me quedo yo, al menos por ahora, ahora que el corazón desaprende las normas del latido, ahora que el silencio me sonríe mordaz y que el misterio es capaz de apagar el sol con su aplauso y sus paréntesis: la ovación ha puesto de pie a todos los que soy.

9 de febrero de 2008

La esclavitud de los peces, poema VI

Le vendrán sus andamios a la noche

como vienen sin llegada los dolores a los cuerpos.

Seré el último paso en su estructura.

Entre las doce y la mañana habrá huellas de mis uñas

que conocieron el túnel.

Habrán rasgado los poros del minuto,

las ruedas dentadas del reloj

más brillante de todos los infiernos.

Yo estaré allá arriba,

más alto aun que la lluvia entre los peces.

Yo habré traspasado los límites.

La muerte alargará la magnitud de sus dedos

desde el borde del andamio más cercano

y no podrá dormirme.

Rozará mis plantas como una abeja

y perderá la estela de mi túnica.

Los náufragos verán mi viaje de emergencia.

Intentarán llamarme Dios cuando el sol me absorba

y me modele, cuando acepte mis contornos,

cuando vibre mi presencia entre sus brasas,

cuando hasta hacernos latido nos aunemos con violencia.

La luna rondará nuestro juego constante y victorioso.

En su novena guardia, abriremos una grieta en el cielo

del epílogo,

nos salpicará el aire las cavernas aturdidas,

nos morderán los colores los párpados recientes,

y seremos el hijo.

30 de enero de 2008

La Esclavitud de los Peces, poema VII

Nací en esta ciudad, que no es la mía:

las imágenes del miedo son mi patria.

Un silencio sin ecos puja por tragarse mis pies

frente a una mirada que no es de un ojo.

Holgadamente preso en esta anchura,

descubro cuánto me duele el nacimiento de la tierra.

Puedo plagiar los versos más tristes esta noche.

El eslabón perdido regresa a las cavernas de mi sangre

con la actitud tranquila del que no se fue.

Esta caída es un minuto inconcluso.

Es una jauría de barcos que naufragan.

Es la tibia muerte pudriéndose en mi cuerpo.

Muerte de muertos que invaden las estrellas,

muerte de nuevas constelaciones de sepulturas fértiles.

Entonces, al mirar el cielo,

miro cadáveres.

Me seducen sus caricias que han perdido la piel.

Renuncio a adivinar sus expresiones,

su palidez de muñecos,

su pretérita ternura abrochada a las cosas

que algo diferente a una cosa han sido.

Percibo los crepúsculos y mis ojos ya saben

adónde dirigirse.

Algunos se enloquecen de infinito.

Otros prefieren la esclavitud de los peces.

Unos pocos sonríen. Casi nadie pregunta.

Yo, mientras tanto,

irrevocablemente ajeno a los espacios,

permanezco naciendo en esta ciudad, que no es la mía,

mirando con avidez y sorpresa a los cadáveres

que con su trágico despojo parecen condolerse de mí.

15 de enero de 2008

El lenguaje del orden, fragmento

Cada vez que podía, mi hermano mayor aprovechaba la oportunidad, se colocaba sobre una especie de trono que sólo él era capaz de ver, y desde allá arriba, hablando fuerte por si no lo escuchaba, haciendo gestos exagerados por si no le entendía, resoplando cada treinta segundos exactos por si no me daba cuenta de mi torpeza, me dictaba cátedra.
Y mi torpeza debe ser real, porque yo sabía que esa tarde él estaba en casa y sin embargo, sin haber sido capaz de prever lo que sucedería, repasé mentalmente algunas de las indicaciones que mi papá me había dado el sábado anterior en la orilla del arroyo, agarré la pistola y las dos cajas con balas, y antes de salir pasé por la cocina, sí, justo por la cocina donde mi hermano estaba desarmando algo (creo que esta vez era la cafetera), y puse a calentar la pava para llevarme un termo con mate.
Ahora era demasiado tarde. No levantó los ojos de su cablerío. Pero atento como siempre hizo una composición de lugar mientras yo terminaba de preparar la mochila. Mi hermano mayor no necesitaba ver. Él habría podido nacer ciego y su vida habría sido la misma.
– ¿El viejo sabe?
– Sí.
Mi papá me había dicho que yo podía practicar cuando quisiera, siempre que tuviera cuidado y no anduviera mostrando la pistola por la calle. También había dicho que en un barrio como éste hay que estar alertas, y que era una vergüenza que a mi edad yo todavía no fuera capaz de distinguir el estruendo de un disparo del de un cohete de navidad.
– ¿Contra qué vas a disparar?
– Qué te importa.
– Si te metés en quilombos, conmigo no cuentes.
Había muchas actitudes en él que me molestaban. Y acababa de resumirlas en una sola frase: me había tomado lección, se había metido en mis asuntos, estaba controlando mis movimientos, descalificándome sin siquiera mirarme, sacando conclusiones en mi contra, cuando yo todavía no había hecho nada.
– No es asunto tuyo –le dije.
Y ahí sí que levantó la vista. O no, a lo mejor la vista siguió fija en el resorterío infernal que había sobre la mesa, pero él se puso de pie con autoridad, arrastró la silla para atrás con autoridad, también con autoridad se refregó las manos y con mucha más autoridad todavía me dijo:
– Te acompaño.

7 de diciembre de 2007

Anclaje, poema V

La espera es mi alimento.

El tiempo ha quedado suspendido. La caída ya no se posterga.

Un invierno transparente, hecho de hojas de plátano

que danzan su agonía vertical, me acerca el veneno

y me convida nada más que una gota.

Es así como emigro de esta aldea sin que la muerte me reciba.

Esperaré nuevamente lo que nunca vendrá.

Desplegaré los mapas sobre la mesa y de ese modo habré viajado.

Una voz fugitiva de sueños cotidianos

se incrusta en mis despojos y se propaga allí adentro,

señala el horizonte, la proa, la herencia, los eclipses.

Dónde estoy. Cuándo estoy.

En esta superficie de barro y oraciones,

es el milagro el que enlaza todos los destinos.

Aquí la distancia es el tiempo. Aquí lo confuso

parece adquirir nombre.

Me alimento de la espera imaginando las formas de lo eterno

y contemplo esta noche sin brisa que no tiene después.

10 de octubre de 2007

Creo de Creer, poema II

Exactamente allí,

en lo más delgado por donde el hilo se corta,

en el último tac de la cuerda de un reloj,

en el latido del paro cardíaco,

en el punto final de los libros del universo.

En ese rincón,

en ese aleph de todas las cosas,

hay otro enigma:

Cuál es el último color que ven los moribundos,

cuál es el último sonido.

O mejor:

cuál será la primera fruta que no huelan,

cuál el primer beso que no los regocije.

Exactamente

al pie de esta barrera

donde el mundo sigue

y la nada comienza a hacer girar sus maquinarias,

es donde algo se vuelve irremediable

para siempre.

Se vuelven necesarios los desprecios

y las culpas,

y todo para qué:

para que la nada

se disfrace de misterio

con máscaras de paz.

Los profetas desvían su camino y sueñan

con túneles sagrados.

Y bajo la gran arboleda,

en la orilla sur de un río detenido,

alguien le exige a Dios que evidencie su existencia.

10 de septiembre de 2007

Para Sangrar o Volver, poema II

A veces me lamento de contar

con tan pocas palabras, con tan pocos gestos,

de sentir apenas lo que siento,

de no poder diseñar otro destino,

otra fuerza, otra dimensión

que se prolongue un poco, tan sólo un poco más allá.

Me lamento de estos límites,

de estas desgraciadas cadenas

que me atan como si mataran,

que me ajustan al talle de lo que soy

sin dejarme empujar mis miserias un poco,

tan sólo un poco más allá.

¿Cómo desgarrar este entramado,

cómo seducir las amplitudes de la ausencia,

cómo resolver esta ecuación de sumar y sumar

tantos puñados de pobreza que nunca serán otra cosa

que uno, que la unidad de uno mismo:

el esfuerzo más el dolor más el coraje,

el amor más el futuro más el verbo, la osadía

más el hambre, el miedo más la música?

Sumarse por completo es casi como no sumar nada,

es casi lo mismo que arrastrarse por los gastados papeles

de la tierra dejándose vencer antes de dar el primer paso,

antes de dar el primer beso, la estocada más feroz;

es casi lo mismo llorar que desnudarse,

mentir que gritar, dormir que mirar fijo,

que mirar fijamente a los ojos para afirmar las pasiones,

que mirar fijamente a los ojos para no escuchar.

A veces me lamento de que tanto mundo por delante

se escape irremediable de mi paso por el mundo.

22 de agosto de 2007

El Segundo Cuento de la Historia de la Humanidad, fragmento

Fuentes confiables aseguran que el relato más antiguo de la historia de la humanidad fue escrito en una aldea asiática de la cuenca del río Indo, algunos siglos antes del nacimiento de Buda. Los habitantes de este pueblo no habían desarrollado todavía sus capacidades lingüísticas, hecho que reducía la variedad de combinaciones sonoras y, en consecuencia, el repertorio de palabras.

Contaban con apenas tres vocales y dos consonantes, desconociendo por completo la existencia del resto de los fonemas. Los morfemas debían variar sus significados según el contexto para poder abarcar así, con estos escasos recursos, la totalidad de los objetos y las situaciones que los rodeaban. Otro inconveniente que debían enfrentar era que también poseían una muy reducida variedad de contextos, hecho por el cual establecieron un complejo sistema de normas para poder comunicarse oralmente.

La primera de estas normas fue de orden temporal: cierta combinación de sonidos, según el momento del día en que se pronunciara, tendría diferentes significados. No fue suficiente. Les quedaba mucho aún por acomodar para comprenderse a pleno.

Siguieron sucediéndose otras medidas: diferentes significados de una cadena sonora según edad y sexo del hablante, según condiciones geográficas y climáticas, según tono, volumen y gesticulación.

Los pobladores tuvieron que aprender todas las acepciones de cada término según quién les hablara, y, sin decidirlo, se convirtieron en traductores políglotas de su propio idioma: según su interlocutor y entorno, el oyente debía decodificar el mensaje y darle un significado a menudo muy diferente al que esa oración hubiera tenido en caso de ser emitida por el oyente.

12 de julio de 2007

El que Trabaja por su Cuenta, fragmento

— Hoy estuve por llamar a La rueda de la sonrisa, pero al final no me decidí — dice el muchacho —. ¡Ahora me da una bronca! Si ganaba me arreglaba los dientes, eran como quinientos pesos, creo.

— Qué pregunta era, ¿la de Banfield?

— No, no era de Banfield, era de Lanús.

— Pero si preguntaron cuál era la estación que venía después de Remedios de Escalada.

— No, don Héctor, usted escuchó mal, preguntaban por la anterior, no por la siguiente.

El hombre interrumpe el sellado y lo mira fijo. Luego vuelve su mirada hacia la mujer, que está en la puerta.

Vieja, ¿qué tenés en las orejas vos? ¡Así no se puede!

La mujer lo mira por un instante pero no responde. Vuelve su atención a la lluvia.

— ¿Ya va parando? — dice el muchacho.

— No. Sigue igual. La lluvia me da una tristeza.

— Escuchame, Quique —. El hombre retoma el ensobrado —: ¿Vos sabés dónde queda Baro Baro?

El muchacho se rasca la cabeza.

— Ahí me mató, don Héctor. El experto es usted.

— Mucho experto, mucho experto, pero con lo que llevo ganado en lo que va del mes no cubro ni los gastos del correo.

— Son rachas, no hay que preocuparse. Eso sí, permítame que le dé un consejo: vaya comprando un diccionario más nuevo, mire que el mío es mucho mejor que el suyo y a mí la mitad de las veces no me sirve.

— Porque te falta experiencia; yo el diccionario lo necesito para los países nomás.

— Pero, don Héctor, el otro día estaban preguntando por un río de un país nuevo... Bellorrusia, o algo así.

— ¡No seás animal, Quique, que los países ya hace una pila de años que están todos!

— Le digo que no, que están poniendo países nuevos. Se lo juro por mi nena.

Cae una gota de agua sobre la espalda del hombre, que emite un chistido.

— Escuchame, Quique, pensalo un poquito, ¿dónde van a meter un país nuevo si mirés donde mirés ya hay otro?

— No sé, pero le juro que es tal cual como yo le digo.

Sobre la espalda del hombre cae otra gota junto a un pequeño trozo de mampostería del techo.

— Esta porquería me va a arruinar todo el trabajo. Vieja, traeme una toalla, querés.

— ¿Quiere que lo ayude a correr la mesa?

— No, con una toallita alcanza. Apurate, vieja.

La mujer le acomoda una toalla sobre los hombros

—¿Te das cuenta? Hace como una hora que empezó “Buenas Noticias” y todavía no me llamaron. Adónde mandás los cupones vos, ¿a lo del Quique?

— Fijate el teléfono, a lo mejor está mal colgado.

— No se enoje tanto, don Héctor— dice el muchacho—. No le va a hacer bien.

— ¿Qué cosa no me va a hacer bien? — dice el hombre tirando la toalla en el piso —. ¡La Dolores no me hace bien! ¿Te contó que el otro día se durmió y me hizo perder un lavarropas?

— ¡Héctor! eran las dos de la mañana...

— No tiene nada que ver — dice el hombre levantando el dedo índice —: el que trabaja por su cuenta no tiene horarios. Ya te lo dije un millón de veces.