21 de mayo de 2008

La tijera (fragmento)

Desde esta perspectiva, colocado en cuatro patas sobre el piso para rescatar los zapatos que están debajo de la cama y con la cara apretada sobre el colchón, lo único que él puede ver de ella es un pie y medio asomando entre las sábanas. El pie que ve incompleto (él tiene que pensarlo un poco) es el izquierdo. Una banda de tela rosada se engancha en el tercer dedo, se cuente desde donde se cuente, y baja en diagonal hacia el talón. Lo primero que se pregunta, cuando se congela en la contemplación, es si a los dedos de los pies se les puede dar los mismos nombres que a los dedos de la mano. En ese caso, ella tiene cubiertos el anular y el meñique. Pero hay algo más que le ocupa el interés, y es esa quietud perturbadora, esa blancura artificial con dejos de amarillo en las plantas. Le cuesta reconocerla. ¿Y si fuera otra mujer la que está ahí? La sensación, en contraste con la imagen, es vertiginosa. Se imagina que todo lo que hay sobre la cama son esos pies. Que no hay nada entre las sábanas. Que ella no está allí. Ella se evaporó. O se escondió. O la robaron, o la trozaron. Lo seducen estas posibilidades. Todas. Se imagina que todo ha sucedido a la vez. En algún momento de la noche apareció un individuo. Se paró al lado de ella y, en absoluto silencio, comenzó a trozarla. Una parte de ella se escapó, también en silencio. ¿Cómo es posible que ella no haya hecho ni un solo ruido ? No. Entonces, no. Ese individuo hizo algo para que él no pudiera oír. Cloroformo. Tapones para los oídos. Mazazo en la nuca. El mazazo en la nuca queda descartado por razones obvias. Y cloroformo también, porque él estaría mareado ahora, o sentiría algún tipo de olor químico en la piel. Por las dudas, debería llevarse las manos a la nariz y olisquear con atención. A veces le cuesta resignarse a que las cosas emocionantes sólo sucedan en su cabeza. Pero tiene que completar el cuadro: El individuo (él no sabe muy bien cómo llamarlo sin hacer juicios éticos), que es un cobarde, primero se escondió abajo de la cama y después se fue corriendo. Por la ventana, llevándose otro poco de lo que quedaba de ella. Y el resto, salvo este pie y medio, ardió por combustión espontánea.
Sea como sea, todo parece indicar que esos pies están muertos. Que ella está muerta. ¿Habrá que hacer algo para comprobarlo? ¿Tiene que tocarla para ver si está fría? Mientras piensa en todo esto, ya olvidado del apuro y de los zapatos que estaba buscando, él siente un levísimo mareo. Un mareo agradable. Había sido cloroformo, nomás. Separa la cabeza del colchón. La hebilla del cinturón, que él todavía no se ha ajustado, pendula debajo de su cadera y hace un tintineo solitario. Tin. Nada más que tin. Baja la cabeza. La corbata también pendula. Dos líneas paralelas, el cinturón y la corbata, cortan los ángulos rectos que sus piernas y una de las patas de la cama le ponen en el centro de la visión. Distraído con un cálculo de grados de inclinación que es incapaz de resolver, vuelve a su mente la imagen de ella, la mujer de su vida, que parece fragmentada a apenas algunos centímetros de él. Pero esta vez no la mira. No sabe por qué, pero siente que es mejor dejarse llevar por las sensaciones. Un vuelo. Eso mismo. Un paracaidista que se disputa entre el goce y el horror, que sabe que baja pero siente que sube, que se le suben las nubes, que el paisaje sube para tragárselo, que el paraíso lo necesita entre sus lagos. El mareo se acentúa un poco. Cree que va a vomitar. ¿En qué ha estado pensando? Todo este panorama, ahora se da cuenta, lo ha excitado. La clave se la dio el tin del cinturón. El primer mareo ha sido una erección, denunciada por el cinturón. Ahora sabe, también, que la erección no ha desaparecido. Y hay algo húmedo allá abajo. ¿Eyaculó? Tiene que hacer malabarismos para sacar una mano del suelo, bajar el cierre del pantalón, pasar un dedo por debajo del calzoncillo y tocarse. Líquido de excitación, pero no eyaculación. Alguien le dijo, alguna vez, que eso se llama esmegma. ¿Quién habrá sido? Cualquiera. Cualquiera menos su papá. Se pone de pie entre tropiezos. Ni su mamá. Se precipita hacia el baño. ¿Su hermano? Comienza a vomitar. La corbata, que ha caído en el inodoro como una plomada de albañil, se está ensuciando. Él no se detiene a lamentarlo; siente que la excitación crece a medida que vomita. Escatológico. Es un cerdo escatológico.
– ¿Estás bien, amor?
Ella acaba de despertarse. La voz se oye todavía teñida por el sueño.
– Sí, no te preocupes.
Se incorpora, se mira en el espejo. Tiene los ojos brillosos, algunas lágrimas se resisten a caer. La frente sudorosa, la corbata con manchas y la cara desencajada, ardiente, lo asustan y lo excitan un poco más.
– ¿Seguro que estás bien?
Se lava la cara. El agua helada le produce un nuevo mareo.
– Seguro, sí, ya voy.
Ella sigue más dormida que despierta. Para él es mejor así, porque puede detenerse a pensar, a reorganizarse, a bloquear lo que siente. ¿A bloquear lo que siente? No hay nada que bloquear. Esto no pasó.
Un poco más tranquilo, con el semblante ya casi normalizado, se dice que no ha sucedido nada irreparable. Después de todo, cualquier hombre puede excitarse con los pies de una mujer. Y si a esto le agrega que esa mujer es la suya, no hay motivo de preocupación. Él tiene que hacerle una aclaración a su conciencia : Cuando dice que esta mujer es suya, no está refiriéndose a ella como una posesión.
Respira hondo, se sonríe frente al espejo y se siente relajado. Casi feliz. Tan feliz y relajado, que ya no quedan rastros ni de la erección ni de las imágenes sucias que lo habían alienado. Ahora se siente normal otra vez. Todo fue un susto. No hay que ser tan estricto, no hay que moralizar todo el tiempo. Se saca la corbata. La tira en el cesto de la ropa sucia. Se moja la cara otra vez, ahora para afeitarse. ¿Por qué no se afeitó antes? ¿Es que no puede vivir sin la corbata como una soga al cuello?
Entonces aparece una palabra. Esa palabra. Él tarda unos segundos en darse cuenta de que viene de su interior. Juraría que la ha oído. La voz, serena y casi maternal, comprensiva y complaciente es, sin duda, masculina. Masculina y maternal. Fetichista, repite esa voz, con una dicción intachable, y él ya no puede sonreír frente al espejo.
Cre.
Esta voz, ¿es la de ella?
– ¿Qué decís, Natalia?
Él agita la espuma para afeitarse y rocía un poco sobre la palma de la mano.
Cre.
La voz de dormida, la pronunciación dificultosa. La ce separada de la ere. ¿Una ese al final? ¿Dijo cre o cres? Las piezas se le acomodan: ella se dio cuenta de todo. No se perdió ni un detalle y, como todavía está dormida, no puede hablar con nitidez. Las palabras se le cortan. Le está diciendo que es un cretino. Fetichista, cretino. Dos voces que lo juzgan por un segundo de arrebato.
– ¡Cre!
Y fetichista otra vez. Ninguno de los dos se calla. Los dos avanzan en el ataque. Él se esparce la espuma por la cara y no contesta. No puede contestar. La mano le recorre la cara como una caricia. Una caricia llena de espuma. Qué placer. En medio de toda esta insensatez, al menos tiene una mano que se complace en acariciarlo. La propia. Se le corta la respiración. Pajero.
–¿Me oís, Eugenio?
La voz de ella ya suena sólida. Se ha despertado. Se ha despertado completamente. El adverbio vale ; sí, señor: el estado de entresueño es algo que existe. El despertar a medias: ella acaba de demostrar que él no está exagerando, ni mintiendo, ni tratando de convencer a nadie de algo que no es.
– Eugenio, ¿estás ahí?
– Sí, gorda, me estoy afeitando.
– Te preguntaba qué hora es.
Mentira. Ella no le había preguntado nada. Desde que se despertó (mejor dicho, desde que empezó a despertarse), no ha hecho más que acusarlo de perverso. ¿De perverso? Sí, ahora se acuerda bien, ella le decía que él era un cretino.
– ¿Te pasa algo, Eugenio?
– No. No me pasa nada.
Lo dijo con voz firme, como corresponde, para no dejar lugar a dudas, para evitar cualquier intento de ofensa de su parte.
– ¿Estás enojado?
Él no contesta. Jamás se le contesta a una mujer intuitiva. Sigue afeitándose despacio, porque con estos temblores corre el riesgo de hacerse un tajo. Ella aparece en el baño. Lo abraza por detrás y le da un beso en el cuello.
– ¿Qué tiene mi gusanito? –dice ella con ternura. Él siente un choque eléctrico. Entonces está todo bien. Ella no se dio cuenta de nada. Todo ha sido idea suya–. ¿Te preparo un cafecito?
– Dale.
Él la mira. Ella se va por el pasillo. Tiene el camisón torcido. Un hombro al aire, el pelo revuelto, los talones pisando la parte de atrás de las chinelas. Los talones. Le sorprende que ahora esos talones no lo perturben. Es más : ya ni siquiera está temblando. Sin embargo, sigue afeitándose despacio. Él no es un fetichista. Qué alivio. Es un hombre normal; con mayúsculas, como debe ser. Él no se anda excitando con imágenes perversas. Él es un macho latino, sin retorcimientos y sin necesidad de accesorios inmundos. Eso mismo. Lo que le pasó, en ese momento, fue que estaba en mala posición. Tenía la cabeza muy abajo, la sangre no le circulaba bien. Seguro que las rodillas le cortaron el flujo sanguíneo. Los pies se le estaban durmiendo pero, como no lo había captado de modo consciente, algo le hizo un clic interior cuando vio los de ella. Claro que sí.
Termina de enjuagarse la cara. Se está pasando la toalla por detrás de las orejas, muy cerca de donde ella acaba de besarlo. Pero entonces, ¿qué es lo que lo excitó? Todo el planteo anterior, si bien es lógico, no lo convence. Él bien podría haberse detenido en la imagen los pies, y todo eso, pero ¿excitarse ante la idea de que ella estaba muerta? ¿No fue acaso eso lo que lo había erotizado? ¿Eso significa que él es un? Adelante. Hay que llamar a las cosas por su nombre, nos guste o no nos guste. Un necrófilo. Qué asco.

7 comentarios:

Coni Salgado dijo...

Olaso no es novedad, pero que bien escribis!!!
Dale a Sebas el cd de para que me lo dé!
y GRACIAS!
COni

ade dijo...

- No dejás de sorprenderme. La puta, que suspenso! Felicitaciónes, es un placer leer lo que escribís.

Vanina dijo...

super!
suspenso a morir, hasta el "asqueroso" final

betty dijo...

Las descripciones invitan a continuar la lectura y el final sorprende, me gustó
Betty

Javier dijo...

Qué bueno, me encantó.

mabel dijo...

Olaso, por primera vez entro a tu blog a deleitarme con tu narrativa.
Me encantó esta historia por la forma en que manejás los tiempos, el suspenso y lo que pasa por la cabeza del personaje. Brillante.

Gingerale dijo...

Ella se dió cuenta, por eso lo llama gusanito ¿que mejor apodo para un necrófilo que gusanito?